Educación
Al acercarse el mesero por su espalda, miró el
vaso posarse sobre la mesa. Lo miró a los ojos y le sonrío en señal de gracias.
Y se quedó mirando la naranja entre medio de los hielos. Parece otro siglo el mes
pasado. Pensaba. Y esas voces que gritaban a lo lejos están mudas. ¿Cómo te
verías si fuese verano y estuviéramos de nuevo en esa terraza? Lo pienso,
aunque diga que no vale la pena pensar en los ¿y si…? Pero lo sabes, soy cínico
y en mi mente; de mente entretengo ese otro mundo, donde nunca pasó lo que pasó,
y por siglos siguió todo igual. Te gustaría Portugal, eso quería decirte.
Sólo por capear la lluvia me metí a este bar,
afuera no conozco a nadie, ni si quiera hablo el mismo idioma. Siempre hilo
pensamientos de lo mismo, que se enredan en si más y más, recuerdo aquella doctrina
que en el fondo significó una mala educación, y trato también de buscar un verbo
que no se puede repetir en mi cabeza. De tanto pasar el rato, el trago tiene
ahora sabor a agua, y los hielos bailan en el fondo advirtiendo la necesidad de
quitarle el aire. Un gesto, otro trago. Nada para comer. En ese momento pensé en
que quiso decirme ese día, lo único que recuerdo es el sonido de nuestros zapatos andando
por la vereda y como después de quedarnos parados una hora me dolía la rodilla.
Qué quisiste, sí decirme la verdad o no pudiste. —Lo tienes claro. Que no
tiene nada que ver con algo que en verdad no quieras, ni busques.
—No tengo cabeza. Perdona. Pero, no tengo
cabeza.
El mesero me vio mirando más de lo necesario a
una pareja en evidente primera cita. Volví los ojos a mi vaso, metí mis manos
en un pote de maní que llegó de cortesía, hasta solo rascar las migas. ¿Cómo fui capaz de pasar noches
enteras negando la realidad? Perpetuando ideas que no han sido. Que abstracto,
ahora que ya no soy amigo de mentirme, ahora que tengo claro que no debo. Por
valentía se muy bien que busco, vivo por lo que deseo. Miro las luces amarillas
rebotando en los hielos, y me pongo a escribir en una servilleta.
Me da miedo alucinar. Los riesgos de volverse
loco. No puedo, no puedo más.
—¿Cuáles son los rastros en mi de esa mala
educación?
Vi cuatro vasos. En qué momento. La cuenta
llegó sola, solo como indicación. Al salir la noche era aun más oscura y los transeúntes
solo eran sombras. El aire fresco ya no daba frío, y la lluvia había dejado de
mojar. Sobre una vitrina rojiza unas mujeres bailan. Después de como me miró el
mesero por fisgonear solo las veo de reojo. Del brillo me llegué a sonrojar, y
seguí avanzando con la vista gacha, hasta que un picor en la frente me hizo
sentir una mirada. La vida no solo puede ser eterna en cinco minutos, porque
veinte segundos pueden ser una eternidad.
Me miraste. Como un perro. Mojado.
Al filo de un borde indescriptible.
Como en la mitad de un corredor,
De esos como los que tenia la casa aquella
donde pasaste tu infancia.
Me miras. Desde la penumbra que nos separa.
Me molesta tanto tu mirada justiciera,
Con la vista desafías, con seguridad de poseer.
Soy el perro que no quieres dejar entrar.
Estoy mojado. Sí. No me has dejado entrar,
Aunque de vista me absorbieses.
La puerta cerrada. Con que fuerza,
Me sentencias. Me condenas,
Asumo que pasaré la vida destinado.
A ser el perro, mojado.
Al borde del filo, el corredor. Entre la
saciedad de que me veas.
Admitiendo, que me voy,
A quedar afuera.
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