DESDE EL MÁS ACÁ
Deja su rastro tal y como si todos los suelos, de todos los mundos, le perteneciesen. Como si el Prado fuese su casa, y los rostros que vio emblanquecidos, enmarcados por quien sabe que artesano hecho cenizas fuesen el empapelado de su pared. O eso piensa, viendo las postales del Portugal junto a los anuncios de Louis Armstrong en Berlín, y esos cachivaches moriscos que le parecieron tan interesantes, esas bóvedas repletas de cerámicas, rotas y también pintadas, y que quizás fue el brillo de los altares bañados en oro los que emblanquecieron los retratos del Prado. —Estás tan lejos. Repite una voz cerca de su oreja. —Estaba. Le responde. Que le da lo mismo volver o no volver dice secante. A lo que la voz le grita —Mentira. Que el rastro en verdad es el mundo en ti, y no es tu rastro en él. Que son las noches mirando La Almudena vacía, o el domingo en la mañana despertando para perdernos más tarde cerca de La Plaza del Cascorro. —¿Te has puesto de nuevo la corbata esa, la qué co...