LA LEY DEL DESEO
Desbordar en deseo solo lleva a un sitio. Más allá de la línea que rompe el hielo, más allá de aquel primer beso, roce o caricia que quiebra la abismal distancia, existe un lugar impostergable. Después de unirse los cuerpos, después de declarar abiertamente la posición de desear, como diciendo cosas; como que soy capaz de ser tu sombra, tu colchón, tu abrigo y tu amante, o que anhelo alimentarme de tu sangre, ser un tigre y vivir de tu carne, aquel asfixiante frenesí nos orilla a un desenlace solo inexistente en el imaginario. En ese breve instante frío en el que poseer no es una necesidad sino más bien un delirio, es cuando nos damos cuenta de la condena a la que nos hemos orillado, porque sin falta, porque sin desdén la ley del deseo es que la intensidad nos promueve a un memorable final. No ha de estar necesariamente a la vuelta de la esquina, puede pasar una semana como cien años, como doscientos, pero la ley del deseo es que aquel momento cúspide de la locura, de amar vendad...