Gotas

 

Queriendo escribir de nuevo, trato de expresar; como se siente tener atorada una lagrima que no se digna a salir, ni con el acristalamiento de los ojos a la madrugada, ni el bostezo espeso que acompaña. Es lo que siento hace días, aunque a esta altura ya deben ser meses, y ahí mismo es donde me detengo a pensar que debo estar hecho para vivir con ansiedad; como no se va nunca, no abandona. He escrito ensayos sobre ella, he hecho cuentos, plasmado por doquier que en verdad no soy capaz de vivir sin angustia y eso me hace apretar gotas dentro de los ojos, obstruyéndome la respiración lo suficiente para hacerme suspirar y que la gente me pregunte. Qué sucede. Qué acontece. ¿Ha pasado algo esta mañana? (¿Qué ha pasado en tu vida?) Solo el que se da cuenta, el que sabe, no dice nada. Otro de esos muchos hechos para vivir con; los ojos, sin la capacidad de, y demás aspectos que se juntan, se repiten. Me enfrento a mi mismo, queriendo escribir de nuevo, no sabiendo si volver al lugar de siempre. Pero, no por duda, si no por olvido. La duda entra por la falta de práctica, de plática, ¿Cómo se describe una lágrima entonces? ¿Dando consejos sobre cómo llorar? (o en este caso tomándolos). No tengo idea. ­­— Y quisieras tanto. Quisiera tanto poder decir que se siente vivir en la apatía, el desasosiego de no poder sofocar la vibración aquella, como tampoco asegurar que he pasado más de un minuto sin sentirla. — ¿Qué fue lo último que te hizo llorar, recuerdas? Es tan abstracto ahora, tan efímero. Aunque haya ocurrido, y lo recuerde, ¿Qué significaría mencionarlo? — lo sabes, estás muy seguro. La voz que pregunta ha de ser de aquellos, no tengo idea, no me interesa.

Es absurdo, porque recuerdo muy bien todas las veces en las que he querido llorar en el día, los últimos días. Mirando el cielo sobre la habitación, sobre todo cuando me doy cuenta de que todas las mañanas se sienten iguales, que ya tengo veintitrés y por doquier soy un adulto. También tuve antojo echando de menos a mi madre, y mirando a mi sobrino; viendo lo rápido que ha crecido. Quisiera tanto despertar en un espacio sin tiempo. Donde minutos y horas estén tachadas, como palabras prohibidas. Es el deseo de muchos, quizás de los otros muchos también. Porque si no existiesen horas que pasen ni fechas que tengan que llegar, a simple vista todo podría ser más fácil.

A ratos, sólo a ratos. Que a veces se sienten como días, semanas. El ruido se apaga. La sombra se aclara y los sonidos son mucho más claros. Las canciones dan risa, y los atardeceres, ganas. Me acostumbro tanto a ese placer, que no hay remordimientos, los cuarenta o algo así metros cuadrados en los que resido, se sienten bien como cueva, y puedo encargarme con vigor de ser un adulto. Pero otras veces; soy una hormiga aplastada. O primero perdida, del camino, de la ruta. Porque lo que siento cuando hay ruido, cuando la sombra es negra y las canciones son de cebolla picada, y ni si quiera soy capaz de describir como se siente no poder llorar, creo saber lo que sienten las hormigas perdidas. Aisladas. Con una sintonía deforme que les da señales de donde están, pero que no son capaces de distinguir, de la lluvia, la sal. Cuando se acaba el momento, y el ruido se enciende, todo el mundo se siente como cinco, o menos de tres metros cuadrados. Todo apretado, todo junto, agarrándome del cuello, la espalda, haciendo crujir mis hombros y envuelta de sed mi carne. Con la idea clara de que la mayoría de las cosas no me gustan, y que por, sobre todo; me repito. Me muevo de un lado a otro de la calle. Me agoto. Porque siento, que he dejado de saber como llorar. Lo he desaprendido. ¿Habrá pasado algo realmente esta semana?

Comentarios